Asomándonos a la Revolución Cubana de Internet Hecha por los Propios Cubanos
por Antonio García Martínez | fotografías por Lisette Poole
traducción por Marisol Ruiz-Ogarrio
07.26.17
Sentado en la impresionante y hermosa ruina de La Habana, rodeado de piedra en descomposición y hierro laminado de Detroit color pastel, ignorándolo todo para arrastrar hacia abajo sus datos de Facebook como un adicto a la cocaina lamiendo su espejo de esnifar—lo que es, por supuesto un depravado cocainómano intentando darse un chute. Y desplazará su cursor sobre el mismo contenido que visitó hace 15 minutos fingiendo que podría haberse actualizado y que le podría proveer a su cerebro esa inyección de dopamina que le exige. Sin embargo no actualiza. No se actualizará.
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Su dosis vendrá en forma de una pequeña tarjeta verde de rascar, casi como un billete de lotería y generalmente cuesta una cuarta parte del salario medio semanal cubano. Un trabajo rápido con una moneda revela dos cadenas extremadamente largas de números, e igualmente con la espalda encorvada de otros adictos, podrá meter los números que son la contraseña para acceder a la página de ETECSA, el monopolio de telecomunicaciones estatal de Cuba, cuya estética de diseño recuerda exactamente nuestro año 1997. Y luego… nada. El teléfono no se conecta, o su señal se desvanecerá rápidamente, desde su punto de red Wifi abierta que eligió ya que como la mayoría de puntos de la ciudad, están abrumados por la demanda. (El Gobierno afirma que hay 60 puntos de red Wifi abierta (puntos de acceso inalámbrico) en La Habana, a diferencia de un puñado de ellos hace unos años. Eso es uno por cada 35.000 Habaneros). Intentará otra vez para una conexión segura.
Después otra vez.
De nuevo otra vez, ya lleva cinco minutos.
Luego 10 minutos.
Bendito Sea Dios.
¡SÍ!
La alegría cuando su teléfono sorprende despertándose con una ráfaga de notificaciones retrasadas será obscena y cuasi-sexual. La pantalla llena de burbujas de cada aplicación que utiliza—Facebook, Twitter, Instagram, correo electrónico—parecerá una orgía del tipo trifecta de sexo-pastrami-béisbol de George Costanza. Enloquecido, desliza, desliza, desliza, tratando de conseguir el golpe de píxel necesario, la dosis de la que creía nunca podría prescindir. Y entonces… fracaso. El sitio web se congela, se cae la aplicación. La frágil red ETECSA no puede soportar las versiones recientes de FaceGoogleInstaSnapTwitter, y reinicia la aplicación y tira hacia abajo frenéticamente de sus datos una y otra vez y de nuevo y una vez más.
En Cuba, donde el Wifi es lento y terrible, usted será un emisario del futuro, un anuncio de la degeneración que está por llegar. Es un completo adicto a la conexión de internet sintiendo el alboroto del mundo vivo en su cabeza 24 horas 7 días a la semana, su paisaje emocional terraformado y golpeado por lo que algún narcisista acaba de publicar en Instagram o algún charlatán en Twitter. Pero como la advertencia “no, ni una sola vez” sobre drogas como metanfetamina, sabe que después de que el internet esté en los bolsillos de los cubanos, se acabará. Incluso la retrógrada, reaccionaria Cuba comunista, se convertirá en parte de los datos Borg, ligados vía cables arteriales de fibra óptica y Wifi al caos mismo que nos dio videos de gatos, asesinatos en directo y el Presidente Donald J. Trump. La verdadera ironía es que si el internet derroca al gobierno y lleva la democracia a esta isla hambrienta de democracia, va a pasar a la vez que la propia democracia está siendo deshecha por Facebook y otros muchos filtro-burbuja-creando el algoritmo optimizado de alimentación para la amplificación de polarización política. Pero nos estamos adelantando a nosotros mismos y también simplificando en exceso, porque los cubanos—los cubanos muy ingeniosos—de ninguna forma se han sentado a beber mojitos mientras la revolución digital les pasaba por encima. Tienen soluciones alternativas. Oh, claro que sí tienen soluciones alternativas.

SCROLL DOWN
Los residentes de La Habana usan cables de Ethernet y antenas para conectarse a una intranet exclusiva para Cuba.
Antes de mi visita a principios de este año, nunca había estado en Cuba, aunque Cuba había ciertamente venido a mí. El Miami de mi niñez de los años 80 fue un reinicio suburbano de la Cuba prerrevolucionaria, lleno de gente que en ocasiones importantes aún brindaba: El año próximo en La Habana. Todo, desde cartas familiares a camareros recién llegados en balsa nos mantenían informados de las condiciones cada vez más desesperadas en la isla. En Miami, incluso el perrero tenía que tener una política exterior hacia la isla, y Cuba era la conversación cotidiana de lo que todo el mundo realmente hablaba.
En Silicon Valley, donde trabajé en empresas como Facebook y Twitter en la primera parte de la presente década, a Cuba generalmente, cuando se la consideraba, se la consideraba como una curiosidad tecnológica. Este paraíso del trabajador socialista era una cápsula del tiempo donde el idealismo “Hacer el mundo más abierto y conectado” del tecno-capitalismo todavía no había entregado su fruta liberal-democrática. La asunción subyacente que se sostenía que, bien si se trataba de páginas de Facebook para las empresas cubanas o turistas de Airbnb procedentes de Texas, la llegada de internet llevaría a una transformación casi instantánea de la sociedad cubana, legado de la era soviética, a otro país del globo que requeriría de un equipo con gran dedicación de apoyo del usuario.
Dada la naturaleza desvencijada y costosa de conectividad cubana, nadie pierde tiempo o ancho de banda tratando de transmitir un episodio de Juego de Tronos.
Parecía sólo cuestión de tiempo. Sin embargo, salvo algunos experimentos rumoreados que comenzaron en los años ’90, el gobierno cubano tenía una política muy restrictiva de internet hasta el 2015, cuando los primeros puntos de red Wifi abierta de ETECSA comenzaron a aparecer en toda la capital. Camine por una calle en La Habana Vieja y verá una manada de merodeadores ya sea de pie o en cuclillas, empuñando un smartphone en un parque mientras intentan conseguir entrar en el Wifi de ETECSA. Se trata de internet cubano, donde se bloquea el acceso a sitios web no autorizados por el estado, el gobierno curiosea sobre cualquier cosa sin cifrar y el servicio, cuando existe, es sumamente lento. (Me han dicho que acceso rápido a internet es el dominio exclusivo de las instituciones del estado como las universidades y las grandes empresas, sobre todo extranjeras como hoteles. Salvo contados profesionales del gobierno, nadie puede consultar su correo electrónico o navegar por la web, legalmente, en su casa sin permiso del gobierno.) Hay incluso algunas empresas emergentes capitalizando en la rara artificialidad del internet cubano: Knales, una plataforma de mensajería móvil cofundada por Diana Elianne Benitez Perera, agrupa noticias sobre el tiempo en línea, horóscopos, resultados deportivos, los tipos de cambio y otras noticias básicas que recoge en mensajes de texto para que los cubanos puedan leerlos en sus teléfonos.
Dada la naturaleza desvencijada y costosa de conectividad cubana, nadie pierde tiempo o ancho de banda tratando de transmitir un episodio de Juego de Tronos o un video instructivo de YouTube. El Wifi de ETECSA, cuando se puede conseguir, es puramente social y comunicativo: charla con el tío en Miami que le envía 200 dólares cada mes por medio de la compañía de transferencia monetaria, el sobrino que se trasladó a España, el primo fuera de la capital, eso es para lo que sirven los puntos de red Wifi abierta de ETECSA.
Lo que nos lleva a la solución alternativa. Cada semana, más de un terabyte de datos viene en discos duros externos, conocidos como el paquete semanal. Es el internet destilado hasta su estado más puro, más consumible y de menos forma interactiva: su contenido. Esta colección de archivos de vídeo, canción, foto y texto del mundo exterior se amasa por varios contrabandistas de medios conocidos como paqueteros, y viaja alrededor de la isla de persona a persona, filtrándose rápidamente desde La Habana al punto más distante en menos de un día y que constituyen lo que sería conocido en la jerga tecnológica como una “sneakernet” red de zapatilla: que transmite datos andando con zapato de suela de goma, autobús, caballo o cualquier otra forma de distribución barata y rudimentaria.
Curiosamente, funciona. Los cubanos pueden estar tan al día como cualquier estadounidense versado en Netflix sobre programas populares como House of Cards o Black Mirror, y sueltan alusiones a los Lannister y Omar Little constantemente. Se ha publicado que unos 3 millones de cubanos acceden a contenidos a través del paquete— Y para entender el paquete—así como de los otros actos épicos de piratería cubana que le voy a describir. Se necesita comprender tres conceptos centrales de la psiquis cubana cuyos significados van más allá de lo rutinario. El primero Resolver, en la práctica es más cercano a la noción de Silicon Valley, truco práctico, apañárselas pero sin adoptar una pose humildemente pretenciosa de estilo de vida.
¿Necesita navegar por los interminables obstáculos implicados en conseguir una licencia de pequeña empresa? Resolver.
¿Necesita sobornar a un portero para entrar en una discoteca nocturna popular como la Fábrica de Arte Cubano siempre hasta los topes? Resolver.
¿Necesita hilvanar 200 yardas de cable y una antena a través de patios de vecinos para que pueda succionar y desviar una señal de Wifi de un parque cercano de ETECSA y tal vez revisar su correo electrónico lentamente (e ilegalmente) desde su casa? Resolver.
Los cubanos son los reyes y reinas del resolver, los virtuosos del resolver. Es lo único que les ha mantenido a flote desde el “Período Especial” a principios de los años ’90, cuando la Unión Soviética y su subsidio desaparecieron, dejando la economía de Cuba colgada y a los cubanos hambrientos.
Pero dispuesta a actuar contra las fuerzas ingeniosas para resolver, se encuentra otra palabra importante: Complicado.
¿Quiere hablar con los periodistas disidentes que burlan la censura cubana sistemáticamente y son hostigados y encarcelados? Es complicado.
¿Quiere conseguir un pasaporte y visa para viajar al extranjero? Es complicado.
¿Y el último concepto?: No es fácil. Este es el estribillo de cierre a casi toda conversación práctica cubana, generalmente pronunciada con un resignado encogimiento de hombros. La isla es un inmenso campo de batalla de resolver contra complicado, con la ruina colonial decadente como escenario y el no es fácil como el coro griego.
El Centro Habana es un mal residuo de un pueblo Potemkin, que el Gobierno ha renovado para el consumo turístico. Justo al oeste de la pintoresca Habana Vieja y al este del moderno Vedado, donde entre montones de escombros de edificios derrumbados o basura apilada uno se topa con edificios de época colonial reducidos al esqueleto. Entreabra los ojos, y en algunos bloques tendrá la impresión de encontrarse en una ciudad postapocalíptica en lugar de en Cuba. Incluso el taxista se pierde en esta parte olvidada de la ciudad y me deja a varios bloques de mi destino, obligándome a caminar por las calles tórridas con mi aplicación de mapas abierta y sin cobertura.
Tratando de aclararme con la numeración, observo un cartel pintado a mano sobre una puerta desvencijada anunciándose como la sede de la sección local del CDR. La característica insignia de la organización con un patriota vestido de bandera cubana levantando un machete a la huelga, blasonado con el lema: Con la guardia en alto.
Este producto único de la revolución cubana vale la pena el desvío. El CDR (Comité de Defensa de la Revolución) Robespierana en nombre y función sirve como una red nacional de informantes y agentes de control de la población desde cada balcón y terraza. ¿Convocar a un grupo de intelectuales a discutir política disidente, o incluso a los piratas informáticos para discutir un proyecto de código abierto? Usted tendrá un agente uniformado del MININT (Ministerio del Interior de la República de Cuba, encargado de la aplicación de la ley) llamando a su puerta, cortesía del espionaje de su vecino. Increíblemente, el gobierno realmente ha levantado un Museo del CDR en La Habana Vieja para conmemorar la obra de la red de ratas, chivatos locales, que le han ayudado a mantenerse en el poder.
Se necesitarían más de 2.400 horas-persona de descarga constante para almacenar el terabyte de datos que van en un solo paquete semanal.
Finalmente averigúo dónde demonios estoy y descubro que mi destino es un edificio de dos pisos incongruentemente ordenado, bien pintado que para cambiar no parece que acaba de ser golpeado con un obús de artillería. Llamo, y mi contacto, Yuri, abre la puerta y me deja entrar a una amplia habitación al frente, vacía excepto por un chico en camiseta sin mangas, cubierto de sudor, con aspecto fatigado, sentado en una silla solitaria. Inusualmente para los cubanos siempre sociables, Yuri no me presenta y continúa a la parte trasera de la casa. Las paredes desnudas y la ausencia casi total de muebles dan al lugar la sensación de una casa de acogida.
Al llegar a un salón sin ventanas, veo la razón d’être de esta operación: un equipo de ordenador de gran torre, del calibre que sólo jugones empedernidos mantienen en los Estados Unidos. La cubierta está quitada, los cables serpentean hacia fuera hacia baldas erizadas con discos duros externos y dos monitores muestran lo que parece ser un sofisticado software de gestión de archivos. Es la fuente de uno de los paquetes de Cuba, una conexión vital con el mundo exterior.
Lo que Yuri y sus competidores y conspiradores hacen es estrictamente ilegal, alegal es la palabra cubana preferida para esto: alegal—pero no tan alegal que yo no podría descubrir a Yuri a través de algunas investigaciones discretas a conocidos en la pequeña comunidad tecnológica de La Habana. Mis fuentes me dicen que hay una media docena de paqueteros con distribución a nivel nacional, la mayoría de los cuales por lo general evitan reporteros y autopromoción. (Los paquetes se venden ellos mismos). Pero Yuri, que dice que recientemente se separó de sus socios de una operación importante de paquetes y decidió establecerse por su cuenta, estaba abierto al diálogo. Después de unas cuantas llamadas telefónicas y una rápida presentación y darnos a conocer mutuamente , Yuri me introduce a su flujo de trabajo, rápida y hábilmente saltando alrededor de la estructura del archivo de envío de los medios de comunicación de esta semana. Con unas pulsaciones de teclas y clics en diferentes ventanas emergentes, copia un archivo nuevo en el paquete en curso, organiza el contenido en una estructura de directorios estándar y ordenado. Películas clásicas, videos interesantes y variados, (en su mayoría robados de YouTube), deportes semanales (todo desde NHL a Fórmula Uno e incluso e-sports) y por supuesto las importantísimas telenovelas.
Le pregunté si algo del contenido es físicamente contrabando de Miami, y él lo niega, afirmando que sería demasiado caro; en cualquier caso, aduanas pillaría la mayor parte de éllo.
“Pero, ¿entonces cómo descarga tal cantidad de datos?” Pregunto, algo espantado por el volumen semanal de la producción global de internet que se acumula en esta trastienda oscura. Señala un montón de tarjetas verdes de raspar ETECSA junto a su monitor y afirma que paga a gente, entre ellas un miembro de la familia, para sentarse en los parques públicos con Wifi y descargar contenido durante cinco horas al día. Eso es lo que el hombre sudoroso en la sala delantera era, evidentemente, acababa de volver de un día largo y caluroso de la descarga.
Hago los cálculos mentales. Una estimación encuentro que los puntos de red Wifi abierta de ETECSA tienen un ancho de banda de 1 megabit por segundo. Incluso suponiendo que esto es cierto, y suponiendo que Yuri y sus empleados llegan a chupar todo ese ancho de banda al sentarse en los parques públicos en horas intempestivas, todavía se necesitarían más de 2.400 horas/persona de descarga constante para capturar el terabyte de los datos que van en un solo paquete semanal. Esto parece al menos improbable. Lo que parece más probable es que Yuri esté mintiendo, de la manera que muchos cubanos mienten sobre cómo se las arreglan para sobrevivir. Tal vez está pagando a alguien con internet rápido—un administrador de red en algún ministerio, un trabajador en un hotel que tiene acceso al caro internet comercial—para descargarle grandes porciones del paquete. Pero él lo niega.
La parte del negocio de distribución del paquete es relativamente simple y se asemejaría al tráfico de drogas. Yuri vende su copia maestra a un distribuidor en cada provincia, que luego revende a distribuidores regionales en Cienfuegos, Santiago de Cuba, Pinar del Río y otras partes y finalmente al tipo en la calle. Así esos datos sobre ruedas irradian hacia fuera desde ese salón trasero a todos los rincones de Cuba, y un río de monedas y billetes gotea de vuelta, formando un eventual torrente, la típica alquimia de internet bit-por-dinero acaba por convertirse en física.
¿Y la parte del gobierno en todo esto? Mientras que inicialmente hostil, los paqueteros y las autoridades han llegado a un acuerdo negociado, un lado estando de acuerdo en la prohibición de todo el contenido político y religioso y el otro monitoreando la salida de información pero sobre todo y fundamentalmente tomando una actitud poco característica de laissez-faire. Los cubanos están en su tercera generación creciendo bajo el peso sofocante de un gobierno que todo-lo-ve y todo-lo-sabe y muchos de ellos reflexivamente evitan cualquier tema de conversación o medios de consumo que huelan a disidencia política. Los paqueteros canalizan ese impulso subconsciente y cumplen y se adaptan al control total del gobierno de los medios de comunicación. Resolver gana a complicado en esta ronda. Casi siempre lo hace. Especialmente cuando hay dinero real a ganar.

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Roger Juaristi Guede vende espacio publicitario en paquetes a través de su red de anuncios Highvista.
Con facciones angulares, cabello engominado y mechas rubias, Roger Juaristi Guede me recuerda visualmente un joven Vanilla Ice. Su actitud, sin embargo, es totalmente de rapero, y trabaja en la recientemente renovada sala frontal y pasillo de lo que parece ser la casa de sus padres en el Vedado. Juaristi dirige algo llamado de forma cursi y afectada Highvista Promotions, una de las redes de anuncios de internet pioneras en Cuba. En un paisaje en gran parte desprovisto de publicidad (salvo para el gobierno), el mundo de los medios de comunicación amañados de Cuba tiene incentivos digitales para consumir.
Como un demostración, Juaristi “navega” el paquete para mí, navegando por un disco duro externo hecho en Taiwán cargado con el contenido de la semana como si se tratase de un navegador interactivo. Dentro de cada archivo de índice hay una selección de anuncios de imagen y vídeo junto con el contenido real; el usuario típico cubano podría abrir los anuncios accidentalmente mientras navega, y pronto sin duda desarrollar una ceguera hacia ellos, como hacemos para la publicidad de internet “banners”. Highvista puede también, superponer banners pre desplazadas en los propios videos, mensaje que es mucho más difícil de evitar.
Los videojugadores han improvisado amasando una red más rápida y con más servicios que este paraíso socialista del trabajador ha conseguido producir.
Sin saberlo, Juaristi ha reproducido el modelo de negocio de publicidad en internet de los años alrededor del 2007, antes de que el Google DoubleClick y la publicidad programática lo aplastase. Es decir, uno tiene una “tarjeta de precios” que es simplemente eso: una lista de precios de anuncios dependiendo de la lista de ubicaciones de anuncio, basado en un concepto vago, mitológico del valor de cada uno: Super (el paquete completo), Primera (la carpeta de programa de realidad), el bajo alquiler Remanente (videos de gato) y así sucesivamente. Este modelo fue el pan de todos los días de la publicidad online, los trucos zopencos de baja tecnología previos a los días de Facebook/Google. Se lo menciono a Juaristi, y él me mira sin comprender, como si él no tuviera idea de lo que estoy hablando, lo que lo hace en sí más impresionante. Los clientes de Highvista también reciben un informe semanal que detalla dónde en la estructura laberíntica del índice del paquete aparece su anuncio. Falta de conectividad de la red hace imposible cualquier atribución real al anuncio, y mi compañero de tecnología interna hizo una mueca a la imposibilidad de seguimiento de todo ello.
Esto es lo fascinante de la emergente clase digital de Cuba, especialmente procedentes de Silicon Valley: sus principales problemas imitan los nuestros propios, aunque en forma más cruda e improvisada. Como algunas especies extrañas en un reducto aislado como Australia, Cuba ha ido evolucionando convergentemente (aunque sobre todo independientemente) al mundo exterior, aunque sí varias generaciones técnicas más tarde. Resulta que si uno conecta seres humanos espasmódicos, narcisistas, propensos-al-aburrimiento a través de medios digitales, no importa el tipo de canaletas de comunicación provisionales que se usen, estos se comportan exactamente del mismo modo.

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Un grupo de administradores de SNET cerca de un pilar en las afueras de La Habana.
Si el esfuerzo logístico de transportar una pieza física de hardware a millones de personas para que pueda mantenerse a la par con Silicon Valley suena ambicioso, palidece en comparación con la maravilla técnica improvisada que forma la otra solución alternativa de internet de Cuba. Llamada SNET, abreviatura de red de la calle, es una intranet artesanal que se extiende en toda la capital y partes de las provincias y que reproduce gran parte del Internet de consumidores que conocemos en el mundo libre. Sin acceso rápido y asequible a Facebook, Instagram o transmisión de audio en línea, los cubanos simplemente han creado sus propias versiones de estos sitios y servicios internamente en una red totalmente separada, y rápidamente se apresuran en el mismo campo minado de las políticas de uso aceptable, acoso cibernético, filtros a la pornografia, memes y el caos general en línea que los estadounidenses han sufrido durante años.

Desde La Habana del Este en la parte oriental del municipio a Santa Fe en el oeste, EL SNET se compone de nueve ejes principales o pilares, un barullo de cables de Ethernet de 100 metros y puntos de acceso inalámbrico. El área de cobertura, se ha señalado arriba (las ubicaciones de los pilares son aproximadas), ha crecido en los últimos años para convertirse en una fuente importante de conectividad. Así es cómo funciona. —Blanca Myers
SOLO SE COMENTA EN LA SOBREMESA DE LA CENA: Para mantener a raya a los censores del gobierno, los administradores de la red filtran contenido político, religioso y sexual.
COPIAR Y COMPARTIR: Los cubanos usan SNET para navegar reproducciones de Facebook, Twitter y Reddit, pero también para transmitir entretenimiento y compartir el contenido de los paquetes.
HAGA LAS CONEXIONES: En la capital de la isla existen otras redes sucedáneas de SNET y algún día podrían unirse a la red de La Habana. Mientras tanto, las entregas de paquete permiten a cubanos de todas partes mantenerse al día con The Tonight Show Starring Jimmy Fallon.
Me propuse conocer dos de los administradores del SNET en el epicentro de La Habana, la esquina de la calle L y la Avenida 23, en el mismo corazón de Vedado. Mi contacto, Ian, aparece de entre las multitudes pululando en la calle. Delgado y con gafas, él es un estudiante de economía en la Universidad de La Habana, y cuando no se está hablando de SNET le gusta exponer sobre la economía de Cuba. Su compañero es más bien un personaje sacado de un elenco de actores del reparto central de cerebritos. Con una complexión pastosa—el “moreno de monitor” sobresalía y llamaba la atención en un clima soleado,—y un físico corpulento acompañado de una risa de troleña, este es el habitante de subreddit que es conocido en el mundo entero.
Nos apiñamos todos en un taxi amarillo carísimo, Ian instruye al conductor para emprender camino oeste a las afueras más lejanas de la ciudad. Una hora más tarde llegamos al extremo polvoriento y deteriorado más remoto de La Habana. Una serie de edificios de baja altura, con cubiertas metálicas, agrupados entre sí, sirven como recintos familiares. Convergemos en uno que ofrece una vista incongruente, dado el entorno desvencijado en que nos encontramos, divisamos una inmensa antena torre brotando desde el techo. Completa con cables de retención en múltiples direcciones encadenados al suelo, se extiende varias pisos en el aire y termina en forma puntiaguda con lo que parecen decenas de antenas, grandes y pequeñas, en todas las direcciones. A esta estructura se la conoce como un pilar.
Cruzando el umbral de la puerta como haría un huésped frecuente, Ian me presentó a un grupo de más o menos una docena de hombres que procedieron a examinar al visitante americano cuya presencia parecía del agrado de todos. Los dignatarios del SNET reunidos comenzaron a relatar parte por parte como se había creado esta monstruosidad.
En el temprano despuntar, todo comenzó con antenas hechas a mano para que los videojugadores no tuvieran que llevarse sus ordenadores de escritorio de casa en casa para jugar StarCraft o Counter-Strike. Las nueve redes de juego inalámbrico original comenzaron a extenderse como un musgo sobre todo de La Habana, y se unieron en el año 2015 para crear una entidad total que abarca toda la ciudad que podía ser administrada sin rigidez en una especie de caos controlado. Eventualmente empiezan a comunicarse con antenas cada vez más pequeñas. Es una jerarquía semi-improvisada pero funcional, completamente análoga a nuestra internet, con los pilares uniendo las diversas remotas regiones de la ciudad. (En el lenguaje moderno de internet, llamamos a esto la red de nivel 1.)
Por debajo del pilar en esta jerarquía está un nodo, que es una versión en miniatura de un pilar que cuenta con servidores y antenas en múltiples direcciones. (Un nodo se asemeja mucho a un ISP que sirve a un barrio local dentro de una región más grande.) Un nodo a su vez proporciona conectividad de corto alcance a un conjunto de subnodos, que son los puntos de acceso final, casi como la configuración de su página internet.
Toda esta construcción de SNET que estamos describiendo vive en total aislamiento del internet que nosotros conocemos, una isla tanto literal como metafóricamente aislada del bullicioso continente internet que todos damos por sentado. Introduzca Google.com en un navegador y no irá ninguna parte. Pero escriba la dirección URL de un archivo y el subnodo dirigirá su solicitud a un nodo principal y luego un pilar y de allí a un pilar regional cuyos nodos y subnodos tiene el archivo o el servicio solicitado.
¿Qué velocidad reciben los usuarios? Ian, hace un “ping” para comprobar la velocidad en su propio pilar en La Habana del Este, al otro extremo de la capital. Le devuelve una latencia de 11 milisegundos—rápido. Más rápido, probablemente, que la latencia promedio de un “ping” en Google en una casa americana de conexión de banda ancha.
¿Y qué ofrece realmente en el SNET, que no sean servidores de juegos?
Existe un clon de Instagram llamado Foro Wifinet; hay un clon de Reddit llamado Netlab con temática subreddit gnomos, y el arsenal de armamento amplificado y enlaces de estupideces de cerebritos que se encuentran en muchas partes. El clon de Facebook, Sígueme, así como foros en internet desarrollados por phpBB, ese eficaz código, caballo de tiro antiguo que ejecuta todo proyecto en un foro de aficiones desde tejer a reparación de un Jeep, todos localmente producidos.
Para ajustarse a las condiciones de los términos de servicio rigurosamente exigidos y vigilados por SNET, ninguno de estos proveedores de servicios o los administradores del sitio pueden mostrar publicidad a los consumidores o cargar a los usuarios por acceder a sus sitios. Los creadores lanzan estos servicios simplemente para obtener puntos de estatus en SNET—como los pioneros obsoletos creadores de internet, antes que Silicon Valley se convirtiera en aquellas empresas que ofrecían fuentes de bebidas probióticas a sus empleados, artículos de reflexión profundos de 6.000 palabras en la plataforma Medium y una ronda de $50 millones de inversión de capital de riesgo. En lo que se refiere a los paqueteros, los administradores preventivamente autocensuran, prohibiendo cualquier contenido político o religioso desde el principio. Las cuentas varían, pero los administradores de SNET insisten en que la red nunca se desvía a la ilegalidad, y la vindicación final fue colgada en CubaDebate, un blog de afiliados al gobierno, a finales del año 2016. Completo con nombres y fotos, el mismo blog que en su día publicara los discursos de Fidel elogió a los valiosos videojugadores.
Sin dinero real, y trabajando en una zona gris de la dictadura, los videojugadores improvisaron una red más rápida con más servicios que nunca había podido producir este paraíso socialista de los trabajadores. Me siento en muda admiración mientras Ian me muestra clones de entidades de internet de Estados Unidos que costaron mil millones de dólares. Todo esto existiendo en casi aislamiento del mundo exterior, a sólo cien millas de los Estados Unidos. Como sucede a menudo con observadores desde fuera de la realidad Cubana, mis dos pensamientos recurrentes son: por el Amor de Dios, ¿qué podrían lograr estas personas si no tuvieran el gorila llamado gobierno sentado en sus rostros, asfixiándolo todo? ¿O si tuvieran fácil acceso a todo lo que Silicon Valley tiene para ofrecer?

SCROLL DOWN
La gente espera al otro lado de la calle donde los vendedores ambulantes venden tarjetas-de-rascar para el acceso al Internet.
Las instrucciones detalladas y no solicitadas de mi anfitriona de Airbnb sobre cómo llevar a casa un visitante nocturno merece la pena reseñarlo aquí para la posteridad:
Debo llamar a la dueña de la casa una vez que sepa que voy a ir a la casa con alguien, para que ella pueda estar allí para registrarlos oficialmente y enviar sus datos de identificación personal del estado. En caso de que mi nuevo amigo/a me robe mientras duermo, la señora le presentará un informe a la policía y el completo mecanismo de supresión de Estado cubano participarán en perseguirlos. Y por supuesto les pillaran: La señora me informó que a un invitado suyo le robaron una botella de colonia cara y la policía encontró al ladrón y devolvió la colonia. El totalitarismo tiene ciertas ventajas.
Una gran desventaja es la incapacidad de la dictadura para crear un ambiente de negocios propicio, lo que ayuda a explicar por qué la cultura emprendedora de la tecnología en Cuba sigue estando medio escondida en las sombras. Cuando el Presidente Obama estaba poniendo a Cuba en las noticias de actualidad a principios del 2016, una línea de conga de los pesos pesados de tecnología se congregaron para ayudar a “abrir” Cuba. Meses más tarde, la mayoría se quedó en agua de borrajas, nada más resultó la oportunidad de una foto con un presidente popular y el éxito notorio de su política exterior. Desde entonces sólo un puñado de empresas estadounidenses han hecho algún progreso, sobre todo Google y Airbnb, la primera invirtiendo en servidores en el país y la última realmente haciendo un gran esfuerzo.
La tecnología no va a “salvar”, “arruinar” o de otra forma cambiar profundamente Cuba, más que lo hizo el turismo.
Airbnb logró basarse en el proyecto de una industria casera existente en (casas particulares efectivamente posadas) y conspiró para hackear un sistema de pagos en un país sin sistemas de pagos accesible. Airbnb cumple con restricciones anteriores proforma del Departamento del Tesoro (ahora supuestamente aplicadas por la administración de Trump), pidiendo saber a cual de 12 razones muy difusas un americano se puede acoger para encubrir su turismo a Cuba. Los clientes entonces remiten el pago a Airbnb, que transmite el dinero a una empresa ya existente de pago de remesas en Miami, que luego envía un viajante para entregar los pagos en efectivo a los anfitriones de Airbnb en la isla. Es un rodeo impresionante. Pero la mayoría de la máquina empresarial emprendedora estadounidense hizo algunas visitas, publicando unas fotos que quedaron muy bien y luego desapareció sin dejar rastro.
Todos con los que yo he hablado sobre Cuba en casa en California, pensaba que la política de Obama iba a cambiarlo todo. No he conocido a un solo cubano que pensara que la política había cambiado las cosas, aunque ellos por supuesto dieron la bienvenida a más transparencia en vez de menos. El único acontecimiento futuro que estaban aguardando con impaciencia fue la dimisión prevista de Raúl Castro como Presidente de Cuba en el 2018. Incluso las empresas emergentes más optimistas estiman que Cuba seguirá atascada en modo sin conexión (es decir, no hay internet en el hogar) hasta 2020 o incluso más. Y eso fue antes de que Trump retrotrajera las concesiones de Obama, que sitúa el gol de conseguir mejor y más rico internet mucho más lejano.
Lo más sorprendente de Cuba, después de todos estos años escuchándolo dentro de la cuna del exilio cubano de Miami, fue la naturaleza real, de vivir en el momento típico del totalitarismo y los efectos que tiene en la gente. En la ficción de Orwell, la dictadura política sigue siendo una abstracción, una fábula moral envuelta en juicios binarios y poblada por villanos y héroes. Pero la realidad en Cuba es mucho más mundana. Realmente hay una banalidad de la tiranía; no es todo solo una hipérbole Arendtiana. La gente se da cuenta que están siendo gobernados por autócratas, y hacen lo que es necesario para sobrevivir. Ellos replantean el significado de «libertad» definiendola como el pequeño espacio de movimiento y disidencia que el gobierno les concede y como resultado, se consideran libres.
Aquí está la trágica realidad de la que no se dan cuenta los optimistas en Silicon Valley: la tecnología no va a “salvar”, “arruinar”, o de otra forma cambiar profundamente Cuba más que lo hizo el turismo. El país abrazó el turismo en los años 90 y desde entonces ha servido como un destacado destino de vacaciones de eurobasura. Pero resulta que los turistas occidentales realmente no empaquetan democracia en su equipaje cuando vienen a mirar boquiabiertos a regímenes tiránicos como los visitantes de un zoo de inmersión.
Si el mundo ha aprendido algo de las últimas dos décadas de liberalización económica cubana, es que lo que sucede dentro de Cuba es una función de las decisiones del régimen y está casi totalmente inafectado por cualquier cosa que la comunidad internacional haga. Mi impresión sacada de las muchas entrevistas que realicé durante dos semanas en La Habana es que el cambio si ocurre, vendrá a paso glacial. Las fachadas coloniales de siglos de antigüedad se desmenuzarán mientras la gente se asfixia en una represión política más sofocantes que cualquier calor tropical.
Mientras tanto habrá anuncios, habrá memes, y también habrá ciberacoso. Las mentes inquietas detrás del paquete y SNET no se detendrán, su ingenio saltará adelante con cualquier tecnología que logren idear o introducir de contrabando. Los expertos de resolver triunfarán sobre complicado una y otra vez, y tal vez un día van incluso a conquistar la fuente de todo eso complicado, el propio gobierno.
No es fácil.
Antonio García Martínez (@antoniogm) es el autor de Chaos Monkeys. Este es su primer artículo de fondo para WIRED.
Este artículo aparece en la edición de agosto. Suscríbase Ahora.